Desde Ágreda hasta Tudela, pasando por Tarazona, el valle del Queiles embasta la frontera histórica de tres reinos que se encontraron fortuitamente, a los pies de Moncayo. Si bien la conquista aragonesa de este territorio, en 1119, traería una primera colonización mayoritaria de hablantes de aragonés y, por tanto, de esta lengua constituida en la montaña e hibridada con la variedad romance propia de la zona, la muerte del Batallero en 1134 llevó a su división entre los reyes de León, Navarra y Aragón, dadas las disputas de poder. La continuidad cultural, sin embargo, prosiguió, en parte por la realidad geográfica, en parte porque todo el valle siguió bajo el mismo poder eclesiástico del Vispe de Tarazona, y el flujo de población no se paró, pues la permeabilidad de las fronteras medievales era mucho mayor que las que trajeron los estados nación liberales. Todo esto no fue óbice para que la organizaciones políticas de cada reino influyesen en la cultura y lengua de cada zona.
En cuanto a la lengua del valle, todo parece indicar que el aragonés fue la lengua popular, con sus diferencias respecto a la lengua de Zaragoza y el Pirineo, dado que nos encontrábamos en la frontera lingüística entre el aragonés y el castellano y cerca del territorio donde el romance navarro se debatía entre la filiación lingüística más próxima al aragonés o al castellano. Esta realidad, indudable hoy en día gracias a la mejora científica de disciplinas como la Lingüística, fue negada o confundida por las élites culturales y políticas desde la unión dinástica nacida tras la unión marital de los Reyes Católicos y, especialmente, desde la creación del reino de España en 1707. Estas circunstancias históricas desarrollaron un proceso castellanizador, en primer lugar, de las élites que poco a poco fue permeando en el pueblo llano y que acabó sustituyendo una lengua por otra.
Es difícil determinar el momento en el que el habla del pueblo tornó de aragonés a castellano, siendo un proceso gradual que no ha finalizado todavía, pues no son pocos los restos, especialmente léxicos, que quedan en nuestras comarcas.
El libro “El habla de Moncayo. Estudio comparativo con la lengua aragonesa” de Dabi Lahiguera intenta hacer una aproximación al problema, pero el tiempo ha demostrado que falta mucha información, sobre todo en las zonas castellana y navarra. Hay que aunar otros trabajos, tanto del Moncayo aragonés, incluido el campo de Borja y el Aranda, así como otros como el de Luis María Marín Royo para la Ribera de Navarra, las aportaciones de Antonio Vera Mayor, de Tierra de Ágreda, la labor de José María Iribarren, y cualquier aportación que nos permita aclarar, entre otras cosas, cuál es el nivel de conservación de aragonesismos en la zona, la existencia de formas propias de una zona con personalidad marcada, hasta qué punto el romance navarro era continuidad del aragonés o si las diferencias eran suficientes y cómo se reflejaban geográficamente.
Algunas de las joyas que se han podido recopilar hasta ahora pasan por léxico como mujo<muixo (hocico), engriviar (empeorar), pluvia (lluvia), fociar (hozar), falaguera (calentón) entre otras miles, o incluso cuestiones morfosintácticas como ya te’n guardarás (ya te cuidarás de eso), no queda pon (no queda nada), con tu (contigo), muelgo (muelo), etc.
Por eso, el 9 de mayo de 2026 se va a celebrar la Jornada de Lexicografía Histórica del Aragonés en Tarazona organizada por el Centro de Estudios Turiasonenses, para motivar la confección de un Atlas lingüístico de todo el ámbito del aragonés histórico, incluida nuestra zona, y veremos desde esta, y otras partes del ámbito lingüístico aragonés, esa continuidad lingüística.
Así que os esperamos a todas aquellas personas interesadas en la riqueza lingüística de todo el entorno de Moncayo a aprender y aunar conocimientos.